Cada encargo sigue un recorrido fijo que se adapta al tipo de trabajo: una vivienda, un local o una pieza de visualización. Los tiempos se acuerdan antes de empezar y las revisiones tienen un límite claro para no alargar el proceso sin motivo.
Escuchamos qué se quiere representar y para qué: una reforma, una venta, una práctica de curso. Se revisan planos existentes, medidas y referencias visuales. Si no hay documentación previa, se acuerda una visita o una sesión de levantamiento.
Antes de modelar, se fijan los puntos de vista. Se prueban dos o tres encuadres con líneas de fuga distintas y se elige el que mejor explica la distribución. En este paso se descartan ángulos que deforman proporciones o esconden zonas clave.
Se construye el volumen con grosores reales de muro, alturas de antepecho y carpinterías a escala. Se asignan materiales según lo acordado: madera clara, hormigón visto, cerámica. Aquí se corrigen cotas antes de pasar a la fase de imagen.
Si el proyecto lo requiere, se realiza una sesión fotográfica del espacio real o se simula la iluminación natural según orientación y horario. Se documentan contrastes y temperaturas de color para que el render no invente una luz imposible.
Se entrega una primera versión de las imágenes y se comentan sobre pantalla. Los cambios se agrupan en una sola ronda para evitar idas y vueltas. Fuera de esa ronda, cualquier modificación adicional se valora por separado.
Se entregan las imágenes finales en los formatos acordados y, cuando aplica, el modelo tridimensional y los planos corregidos. El material queda archivado para futuras consultas o ampliaciones del mismo espacio.
Para entender el criterio que aplicamos en cada etapa, conviene revisar primero nuestro enfoque de trabajo. Si lo que buscas es ver cómo se traduce esto en encargos concretos, el listado de casos de uso recoge ejemplos resueltos.
La academia avanza por bloques. Cada etapa abre con una videoclase corta, sigue con ejercicios de planos o prácticas fotográficas y cierra con una entrega revisada. Abajo queda el orden real: qué se trabaja primero, qué depende de lo anterior y en qué momento conviene pasar al modelo tridimensional.
Antes de dibujar nada, se observa. Recorridos por interiores domésticos y comerciales para identificar ejes, alturas de antepecho y zonas de paso. El objetivo es reconocer la distribución antes de proponer cambios. Se entrega un cuaderno de bocetos con tres ambientes analizados.
Se trabaja la línea de fuga, el punto de vista y el encuadre. Ejercicios de perspectiva de uno y dos puntos sobre plantas reales, comparando cómo cambia la lectura de una sala según la altura de cámara. Aquí se corrigen los errores de proporción más repetidos.
Salida de registro con luz natural. Se documenta un mismo espacio a distintas horas para ver cómo reaccionan el hormigón, la madera y los acabados claros. Se revisan exposición, temperatura de color y encuadre arquitectónico. La entrega es una serie de ocho imágenes con ficha técnica.
Conversión de un plano de planta en maqueta digital. Se revisan grosores de muro, cotas, escaleras y mobiliario a escala. La comprobación se hace siempre contra el plano original antes de cualquier render. Es la etapa donde más se corrige y donde se aprende a detectar fallos a tiempo.
Cierre del proyecto visual: materiales, iluminación y vistas. Cada alumno presenta su recorrido completo, desde el boceto inicial hasta la imagen final, con las decisiones explicadas. La revisión se hace en grupo y queda registrada en la galería arquitectónica del taller.
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