No hubo un plan maestro. Hubo ejercicios que se fueron acumulando, correcciones de alumnos y un archivo de bocetos que terminó definiendo el método. Estos son los hitos que explican por qué hoy trabajamos como trabajamos.
Empezamos dibujando salas vacías en hojas cuadriculadas. La idea era simple: entender la línea de fuga antes de tocar cualquier programa. De ese cuaderno salieron las primeras fichas de ejercicio que todavía usamos en el módulo de composición.
Durante los meses de encierro empezamos a fotografiar ventanas, pasillos y patios a distintas horas. Lo que era registro personal se convirtió en biblioteca visual: cada imagen quedó etiquetada por orientación, hora y tipo de material para usarla después en los ejercicios de luz natural.
Incorporamos el estudio 3D como paso obligatorio entre el boceto y el render. La regla fue incómoda al principio: ningún modelo se levantaba sin haber verificado antes grosores de muro, alturas de antepecho y huella de escalera sobre el plano original. Los errores de esa etapa alimentaron la lista de verificación que hoy entregamos con cada práctica.
Abrimos el taller a intervenciones concretas: un local pequeño, una vivienda entre medianeras, una terraza sin uso. Cada grupo documentaba el ambiente, proponía distribución y defendía la lectura espacial con planos y vistas. Fue el año en que dejamos de enseñar herramientas sueltas y empezamos a enseñar un flujo completo.
Ordenamos la galería por tipología y no por fecha. Eso obligó a discutir qué merecía estar publicada y qué no: composición, coherencia de materiales, honestidad de la escala. La galería dejó de ser escaparate y pasó a ser un archivo comentado que los alumnos consultan antes de cada entrega.
Grabamos las sesiones completas, sin cortes de edición agresivos, para que se viera el proceso: dudas, correcciones, marchas atrás. El formato largo cambió la manera de estudiar. Muchos alumnos ven una clase dos veces, la primera para entender y la segunda con el modelo abierto al lado.
La cronología sigue abierta. Cada ciclo deja ejercicios nuevos, correcciones y algún error que conviene recordar antes de repetirlo.
Historia del proyecto
El punto de partida fue un cuaderno con plantas a mano alzada de viviendas en San Luis Potosí. Ahí apareció la costumbre de anotar la orientación de cada ventana antes de decidir dónde iba un mueble. Esa disciplina de observar primero y dibujar después sigue ordenando el temario actual.
Con los años, el boceto dejó de bastar para explicar cómo se comporta la luz en un pasillo o en una doble altura. Empezamos a documentar obras con cámara y trípode, a comparar horarios y a registrar qué materiales aguantan mejor el contraste. De ese archivo salieron las primeras prácticas fotográficas del programa.
El salto al 3D no fue para renderizar más rápido, sino para comprobar grosores de muro, alturas de antepecho y huellas de escalera que en el plano se pierden. Cada ejercicio de planos se cierra ahora con una maqueta digital que confirma si la distribución funciona antes de proponer acabados.
Renunciamos a las clases grabadas sin contexto y a los paquetes de plantillas listas. Preferimos videoclases cortas con un caso concreto, correcciones sobre el plano del alumno y una biblioteca visual que crece con cada generación. La estructura de estudio 3D, galería y taller de proyectos nació de esa decisión.
Hoy los proyectos del taller se publican con su secuencia completa: boceto, plano acotado, modelo y registro fotográfico del ambiente. Ese archivo comparativo permite ver qué decisiones se sostuvieron y cuáles se corrigieron, y es la parte del trabajo que más consultan quienes llegan nuevos.
Detrás de cada curso hay personas que dibujan, fotografían y modelan antes de enseñar. No es un equipo de conferenciantes: son profesionales que siguen trabajando en obra, en estudio y en edición. Esa rutina diaria es la que alimenta los ejercicios que ves en el aula.
La academia nació en San Luis Potosí, en un taller pequeño donde se corregían planos a mano y se discutía la luz de una ventana antes de tocar cualquier programa. Esa costumbre sigue intacta.
Arquitecta con quince años dibujando interiores domésticos. Coordina el programa de perspectiva y distribución, y revisa personalmente los ejercicios de planos que llegan al taller. Suele insistir en una idea: antes de mover un mueble, entiende la línea de fuga.
Fotógrafo de arquitectura y obra construida. Imparte las prácticas de luz natural y registro de materiales, y acompaña las salidas de campo donde se aprende a leer la orientación de una fachada antes de disparar. Trabaja con luz disponible, sin equipos pesados.
Un grupo reducido de modeladores mantiene el estudio 3D abierto a los alumnos. Aquí se corrigen grosores de muro, alturas de antepecho y escalas de mobiliario que suelen perderse en el salto del plano a la maqueta digital.
Curaduría de planos, bocetos y fotografías propias que sirven de punto de partida en cada módulo. El archivo crece con los proyectos de los alumnos y se consulta como material de trabajo, no como galería decorativa.
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